Pues sí que estamos bien, hombre.
Son sólo las nueve de la mañana y ya noto a "la enfermedad" revolverse dentro de mí, todavía latente, cierto, pero ansiosa de desplegar, a la mínima oportunidad, sus malévolos efectos...

Trabajar en una oficina bancaria, donde apenas hay clientes, y en la que, además, eres lo último del escalafón, resulta agónico: tras encender el equipo (de tres a cinco segundos), poner la llave en el dispensador de los billetes (entre diez y quince segundos, contando que he de cogerlas de la mesa de la subdirectora, encajarla en la estrecha cerradura (meterla siempre es lo más jodido) y darle sus tres vueltas de rigor), introducir la clave en la caja fuerte (cero segundos, porque a causa de mi habilidad para escabullirme de responsabilidades es una tarea que he conseguido que asuma como propia de su puesto), y poner al día el matasellos (en esto casi un minuto debido a que el taiguanes que trabajaba en la fábrica donde los hacían debió plantearse, justo cuando manufacturaba el mío, que para los cuatro duros que le pagan al mes por qué cojones iba a molestarse en encajarle bien las piezas) me sumerjo en un estado de empanamiento autista que consigo prolongar por un espacio de diez minutos, hasta que la bestia de los caudales y mi dispensador, comienzan a gorgojear casi simultáneamente para que las abra...
Saco los cajetines de una, cargo con ellos a la otra, cierro compuertas, giro llaves, suenan pitos, entrego llaves a la subdirectora y regreso a mi puesto para teclear las contraseñas que solicita mi terminaly darme de esta manera de alta en el panel de control...
Finalmente, dejo caer mis posadoras en mi silla, abro internet, consulto las páginas güeb de los periódicos deportivos (las mismas noticias de todos los días), reviso mi correo electrónico (practicamente los mismos imeils de todos los días), la página de trabajos temporales (donde no me contesta a mis solicitudes ni el putas...) y termino concentrándome en un punto de la pared mientras dejo que chispeen los segundos hasta que el reloj marque las once (arriba o abajo) y toque irse a desayunar...

"La enfermedad" recorre sibilina mi organismo y en cualquier momento puede estallar, quire hacerlo, lo sé bien...

Reconozco que este curro es una situación de todo temporal. Soy, con sus matices nada desdeñables, lo que se conoce como un "escritor": tengo dos novelas (una publicada, otra a punto), he dado conferencias sobre literatura en varias ocasiones, ejercido como jurado alguna que otra vez, me han entrevistado en todo tipo de medios, encargado prólogos para novelas y en las presentaciones de mi primer libro conté con maestros de ceremonias más o menos relevantes... En noviembre, a lo sumo diciembre, tengo planeado irme a vivir una temporada al extranjero (quizá Irlanda, puede que Holanda...), por lo que, calculo, no es necesario que todavía me tome en serio la idea de arrancarme las venas a mordiscos o colgarme de la ducha...

Mi nombre es Capitán Nuncafollo, pero mis amigos me llaman, a modo de hacerlo más corto y a su vez entrañable, Capitán Nofollo o Nofollo, a secas...

En fin, tras esta presentación, absurda por otra parte, creo que os dado ciertas nociones de quién soy... Ahora ya es cosa vuestra el ir leyendo los diferentes pensamientos que iré escribiendo aquí y que, a mi juicio, os pueden entretener, si acaso tenéis una existencia igual de aburrida de lo que pinta la mía...

Bienvenidos pues... Aquí comienzan "Las aventuras del capitán Nofollo".