LA MÁS LISTA DE LA CLASE...
Si tuviese la enfermedad en su máximo auge quizá otro gallo cantaría... Pero, después de cinco horas y diecisiete minutos (tiempo exacto que llevo aquí sentado currando) no se me despierta ni la almorrana... Y menos con sompas como la que acabo de atender...
Un principio básico de la seguridad bancaria es que todos los clientes se identifiquen plenamente a la hora de realizar sus operaciones, sobre todo si se tratan de reintegros y derivados (entiéndase que no lo haga, por mucho que viole la intimidad de la peña, cuando es simplemente ver el pago de un recibo o la actualización de una libreta)... Por ello, que cuando uno viene sin el correspondiente documento, ya sea el nacional de identidad o el pasaporte o lo que cojones toque, les indico, por otra parte con una amabilidad inusitada en mí hasta ahora, que me es imposible satifacer sus apetencias sin el correspondiente documento (una cuestión de seguridad, explico con una sonrisa con las dosis justas de simpatía para que no parezca que les estoy vacilando con la putada que supone buscar otra oficina, ya que cualquiera podría hacerse con un carné de conducir y graparse una foto) y ellos, con el rabo entre las piernas, pero condescendientes con la situación, suelen encontrarle la lógica y se marchan con sus cánticos al viento en otra dirección...
Bien, pero de vez en cuando, tengo la oportunidad de encontrame con tiparracas como la que se acaba de marchar: una desproporcionada señora, oronda de culo, plana de tetas, afilada napia, ojos tímidos salpicados con tenues pincelas de bizquería, y un tatuaje horrendo que asoma por la cintura, junto al ombligo, y se deja caer hacia profundidades en las que prefiero no pensar (por presumir que la serpiente de tinta reptaba sin duda hacia una florida, rancia y olorosa espesura del todo vomitiva), que, por supuesto, es maleducada como ella sola, e incapaz de comprender, pues sus neuronas, dos o tres a lo sumo pululando por la oscuridad impenetrable de su hueca cabeza, no deben darle para más, lo que intento explicarle...
Así, va la vaca picassiana y se pone a gritar improperios varios contra la entidad y en especial referentes a sus empleados (personificados en mi persona) hasta que, escurrida su imaginación taqueril, y ante la falta de oposición por mi parte (que sigo con mi inconmovible sonrisa dibujada en el rostro), decide marcharse, quedándose con las ganas, además, de dar el portazo de rigor puesto que la puerta tiene un cierre lento y electrónico al que no podría vencer ni en un millón de años...
Y yo pienso que el mundo está lleno de gilipollas y me concentro en una mancha de la pared que llevo tres horas observando y que quizá siga mirando hasta el momento del cierre...
